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Celebro este tipo de encuentros porque siempre significan un aporte, de los que necesitamos muchos en esta tarea de construcción y reconstrucción que estamos haciendo de manera permanente. En los últimos años con el mercado convertido en ley suprema nuestros niños y jóvenes han sido receptores de circunstancias sociales económicas, culturales y políticas propias del modelo neoliberal, el estatus, la figuración, la competencia. El ritmo especulativo de los negocios y las urgencias comerciales y financieras trajeron una sociedad balcanizada, un proceso de pérdida de la ciudadanía en la que los derechos básicos fueron cercenados, retrocediendo los niveles culturales, económicos y sociales.
Así se han cortado muchas vidas y una parte de nuestros chicos se han estigmatizado en formas de violencia inconcebibles. La pobreza, el abandono, la desnutrición, el abuso, la explotación, la prostitución, la violencia intrafamiliar e institucional, se vio reflejada particularmente en y hasta en los centros de salud, a pesar que se decía que las políticas sociales de esa parte de nuestra historia buscaban reparar, contener, compensar. Habría que pensar sobre qué concepto de desarrollo se sustentaban cuando no compensaron, ni produjeron ningún desarrollo aunque si una abultada deuda externa profundizando la precariedad de muchos grupos familiares por la situación de ajuste que el modelo reproducía.
Un ejemplo son nuestros institutos de menores, espejo no sólo del modelo sino de la mirada del patronato que confunde protección con judicialización. Los chicos pierden su identidad, se despersonalizan producto de internaciones perennes y estas instituciones se terminaron deslegitimando hace muchos años, junto con el deterioro edilicio por la falta de mantenimiento. Al internar un niño lo aislamos, lo quitamos de su familia, de sus objetos de amor e identificación, los ponemos a masificarse, ¿es esto lo que buscan las instituciones de amparo? Seguro que no, no pueden ser deposito de niños. Tal vez los chicos y los adolescentes, ante la actuación de ciertas instituciones llamadas de protección tanto publicas como privadas, podrían decir con la voz mapuche de Jerónima, que “no quiero que me den una mano, quiero que me saquen las manos de encima”.
Si no se puede recuperar el hogar primario o sustituto, los institutos deben convertirse en lugares de apoyo y de enseñanza, deben ser el primer escalón de oportunidades para una vida distinta y mucho mejor a la que ese niño traía consigo cuando llego. A transformar todo ello nos hemos abocado. El proceso es lento, en la comunidad institucional existen inseguridades producto de décadas, el miedo a las perdidas hace su parte pero gracias a Dios los integrantes del equipo de trabajo están hoy en el día a día trabajando en la necesidad de un cambio de objetivos, con eje en los niños, adolescentes y jóvenes, lo que se complementa con un plan de obras de ejecución y reconstrucción ante décadas de abandono.
Hay que construir sistemas alternativos a la internación, pues ¿qué posibilidades tiene un niño cuando esta guardado? Por que antes no apoyamos a la familia natural y si estos no están en condiciones buscamos en el árbol familiar y afectivo quien esté en condiciones de hacerlo. Quienes representaron al Estado, sea desde el órgano judicial como del administrador, quizás pecaron de omnipotentes, salvo algunas excepciones, al buscar como única solución la internación.
Por ello en políticas sociales debemos trabajar para fortalecer los valores, asegurar la educación, la alimentación, el desarrollo comunitario construyendo confianza, seguridad, desarrollando practicas de relación que ayuden a los niños en el presente para ser hombres y mujeres incluidos. En la mayoría de los países de la región mas que políticas de familia, como decía Estela Carlotto, existen intervenciones dispersas y no coordinadas mediante programas y proyectos focalizados en materia de salud, educación, combate contra la pobreza, prevención y erradicación de la violencia, entre otros. Mas allá de ello, es posible identificar iniciativas y proyectos interesantes, movilizados por la sociedad civil, por algunos gobiernos, desde sus instituciones civiles y religiosas.
Llama entonces la atención las dificultades que se presentan para poder definir la ley de protección integral que nazca del consenso y supere definitivamente la ley del patronato. Quizás esta imposibilidad enfrente la misma paradoja que hoy tiene la familia, donde existen diferencias entre las distintas visiones más tradicionales o más modernas. Es cierto es que la desigualdad y la injusticia están profundamente arraigadas en la mente en el mundo. Conocemos de sobra cifras relativas a la desigualdad que han sido sujeto de discusión. Queremos una realidad diferente y es eso lo que pretendemos hacer desde el Gobierno nacional con las políticas sociales. Hacer justicia a favor de la familia reduciendo progresivamente las desigualdades. Así por ejemplo, como decía Daniel Arroyo, trabajamos desde los distintos ministerios para buscar que las políticas macro se integren. Las políticas sociales en la Argentina buscan ser de carácter integral y contienen la idea que hay que romper con las concepciones estancas y fragmentarias, característica de la década del 90.
La red federal de políticas sociales que proponemos debe enlazar sus acciones Nación, provincia y municipio y de hecho la sociedad civil, todo desde un espíritu integrador, por eso el papel del Estado adquiere otras funciones e intervenciones, a la par que la propia sociedad civil asume aspectos que antaño quizás no cumplía y que ahora ejerce con toda su fuerza desde su ejercicio de responsabilidad social.
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