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  SECCIÓN | Discursos MINISTRA Alicia Kirchner
  La lucha contra la pobreza  
 

“Quienes se quedan en la política asistencial legitiman el fundamentalismo de mercado relevando el empleo a un segundo plano”, señaló la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, en oportunidad del Coloquio Internacional “La sociedad civil y la lucha contra la pobreza”, en los 110 años de la AMIA

 
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Quiero expresar un reconocimiento especial a la AMIA, al BID, al Congreso Judío Latinoamericano, por la organización de este encuentro y por un compromiso permanente en la lucha contra la pobreza.

La década del 90 ha sido en nuestro país la más clara expresión del dolor, cuyas consecuencias traspasan a la familia argentina. Este contexto de pobreza y desigualdad nos marcan el camino para la aplicación de las políticas sociales. En este sentido la pobreza como fenómeno multidimensional exige políticas intersectoriales. Nuestro Gobierno y la sociedad civil están haciendo un gran esfuerzo para llegar a los sectores más necesitados. Porque es desde el ámbito de lo público donde se deben originar las políticas sociales, ya que es el punto de encuentro de los intereses colectivos, que implica acciones organizadas a partir de un trabajo acordado, entre la sociedad civil, el sector privado y un Estado activo, un Estado de inversión social.

La tierra prometida del Consenso de Washington fue un fracaso. El 57 por ciento de la población mundial vive en países cuya distribución del ingreso se ha deteriorado. Las reformas de los noventa son expresiones de la economía del dolor. No nos sirven los programas enlatados propuestos por organismos internacionales y politólogos, planteados como si fueran la verdad revelada, la solución mágica y definitiva. Hubo un tiempo en que nuestro país importaba estos programas que no produjeron ningún desarrollo pero sí una abultada deuda externa, sin embargo, alguno de los indicadores más importantes que hacen a ese desarrollo, como son la escolaridad y la nutrición infantil, se siguen viendo deteriorados

La lucha contra la pobreza, a favor del desarrollo humano no se realiza con programas enlatados. Debemos trabajar día a día desde el ejercicio de una política social integral que tenga como centro a la persona, sus vínculos, su familia y su contexto social. Por supuesto que el camino es largo y difícil. Años de olvido, de elecciones de modelos equivocados, que nada tenían que ver con nuestra identidad y desarrollo, no se superan de un día para otro. Tampoco ayudan los expertos de escritorio que se dedican a hablar en tercera persona como si la pobreza fuera un fenómeno externo. Lo hacen desde eufemismos estadísticos, con una pretendida claridad epistemológica, que sólo se refleja en los fundamentos teóricos, pero que no avanzan en procesos concretos, por lo cual, seguramente muchas veces las buenas intenciones naufragan; será porque a veces se está más interesado en investigar sólo a los pobres de manera estadística.

Será más fácil –para ellos– ofrecer métodos de abordaje científicos que entender la compleja realidad desde una mirada humana. Los cambios no se producen desde la base de una teoría impulsada por un decreto. Los que tenemos la responsabilidad de conducir las políticas sociales debemos ser capaces de aprender y asumir la experiencia vital y cotidiana de los que menos tienen, para hacer no sólo desde un mundo de ideas sino desde prácticas concretas.

Estamos convencidos que las instituciones deben servir no sólo para resolver problemas coyunturales sino también para construir una ciudadanía diferente, más participativa y comprometida con los problemas comunes y su solución. Las políticas sociales se constituyen así en un factor clave. Deben ser éticas y justas, porque no existe oportunidad más importante que la de poder participar y comprometerse. La promoción de una sociedad civil activa, y de un Estado articulador, es siempre el permanente desafío. Ambos deben actuar asociados, sin eludir responsabilidades, como sucedió en el modelo neoliberal, desde políticas privatizadas, focalizadas y reduccionistas, con la mirada del Estado mínimo y que tanto mal nos hizo. Por todo esto no voy a cometer la torpeza de reducir la política social a un plan, desde la ilusión mágica de muchos opinólogos y teóricos de la pobreza.

Una de las metas de la política social es reducir el desempleo. El empleo es central y una aspiración fundamental para encontrar los niveles perdidos de inclusión social. Es sin duda el mejor integrador social. Por eso el eje de la política social no debe ser sólo la asistencia, aunque lo inmediato debe ser considerado, porque como se ha dicho, negar la asistencia, es dar un salto en el vacío. Pero los que se quedan sólo en una política de asistencia, pueden llegar a legitimar el fundamentalismo del mercado, creando dependencia, relevando la cuestión del empleo a un segundo plano. Esto es lo que ha pasado con algunos planes, que corren el riesgo de generar una relación de clientelismo.

Sin embargo, si bien el empleo es central en la política social y es el mejor integrador social, no debe ser esta la única meta de una política social. Las políticas sociales deben hacerse cargo de los derechos sociales y del nivel territorial. Siempre existieron ciudades y localidades de nuestro país, cuyas poblaciones quedaron al margen de una distribución más equilibrada. Hablar de territorio o de lo local no es sinónimo de aislamiento, es hablar de región, es hablar de Nación.

Estamos construyendo una política social comprometida con la ciudadanía, con la persona y sus necesidades. Esto legitima el capital social que es parte de la red de la sociedad y por lo tanto es parte de nuestra política social. La mirada es entonces integral, con una activa participación, desde una gestión asociada, de la sociedad civil y del sector privado también. El Estado asume su rol presencial y promotor y cuando es necesario protector,

Pretendemos, desde las distintas responsabilidades institucionales, desarrollar una red federal de políticas sociales que incluya las responsabilidades propias de la Nación, las provincias, los municipios, las organizaciones sociales y el sector privado y que tenga como objetivos, atender los derechos sociales vulnerados y crear instancias para su protección y promoción, evitando los programas compensatorios, y fortaleciendo la integración social desde proyectos productivos, de servicios sociales, para mejorar los ingresos de las familias y los jóvenes con proyectos productivos, atendiendo los derechos sociales vulnerados.

Esta red se articula con tres grandes planes, seguridad alimentaria, “El hambre más urgente”; desarrollo local de economía social, “Manos a la obra” y el plan “Familia”, que se ejecutan con la activa participación de la sociedad civil, en todas sus instancias. Así entendidas las políticas sociales, tienen como vectores el respeto a los derechos, y la dinámica territorial como práctica social, desde una concepción federal e inclusión ciudadana.


Acabar con la deuda social interna, acumulada durante tantos años y con una cultura más cerca de la prebenda, que de la promoción humana, no es tarea de días ni meses, es el desafío de nuestras políticas públicas y en el caso de la social, sus acciones no deben ser como las del movimiento neoliberal, parches o terapias de coyuntura, aunque debamos proteger, respetar y reparar dolores. Avanzamos por eso, en política sociales, que desde la promoción generen cobertura, pero que resulten como puertas, oportunidades que se abren en el ideario social, asociado a la equidad, la ciudadanía y los derechos. Pretendemos en definitiva, llegar, compartir, estar con la familia argentina.

He transmitido cual es la concepción que nos abriga. Ya pasaron 15 meses de Gobierno y grande es la envergadura del desafío y la tarea en políticas sociales es arrolladora. La actitud de aprendizaje, que como bien decía el presidente de la AMIA Abraham Kaul, a la que nos convoca este seminario, debe estar siempre latente, para adecuarse a lo que la realidad necesita. Y se puede hacer, porque la política social que trabajamos, no la hacemos desde un plan enlatado, insisto. La realidad social en la Argentina, no se resuelve con un plan masivo, con una mirada simplista, con una mirada única. El desafío de nuestra contemporaneidad, se sustenta en la compleja comprensión de la realidad cotidiana, desde un compromiso de ética práctica. Por eso creo que la lucidez de esta cuestión, esta en que la gestión social, debe ser asumida desde un ejercicio de participación y ciudadanía, con vocación de compromiso.

 
 
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